La era moderna nos ha proporcionado importantes avances tecnológicos que permiten que las personas puedan estar conectadas en un video conferencia, compartir documentos de manera digital, agilizar trámites que antes requerían de horas y horas de filas. Tenemos sistema de navegación en nuestros teléfonos, en el tablero de los vehículos, la oportunidad de estudiar una licenciatura, maestría o doctorado en línea, entre muchas otras cosas más.

Estos avances tecnológicos nos hacen pensar en que somos una sociedad avanzada, incluso puede haber quien piense en épocas anteriores como “primitivas” o “poco civilizadas”.

Sin embargo ¿qué es la civilidad? De acuerdo con el diccionario, la palabra define el comportamiento de una persona que respeta la ley y contribuye al bienestar de los demás miembros de la sociedad, ojo, no hablamos sólo de su entorno familiar, sino de las relaciones que establece con todas las personas con la que tiene contacto, la forma de conducirse con ellas y para nuestra desgracia, a pesar de los avances tecnológicos a nuestra sociedad le hace falta mucha civilidad.

¿Qué tan responsables somos con los pagos de cuotas vecinales? ¿Qué tanto nos hemos preocupado por hacer un entorno amigable para algún vecino con discapacidad? ¿Cómo trato a mis clientes o a la gente que trabaja para mí? ¿Respeto las reglas de tránsito, cedo el paso a peatones? Son preguntas que parecen fáciles de responder pero en el día a día esos detalles son los que van demostrando nuestro grado de civilidad.

Alguna vez pregunté a un taxista ¿por qué en Puebla no usan las direccionales? Su respuesta fue categórica, “Si pongo las direccionales, el que viene al lado acelera para no dejarme pasar”, ese es sólo un ejemplo, tal vez el más simple, pero la falta de civilidad nos ha llevado a cosas más graves, es alarmante ver en los periódicos cómo ha crecido la violencia, feminicidios, homicidios, asaltos a mano armada, violaciones, abuso a menores, trata de personas, son sólo algunas de las formas más graves de esta falta de interés en el otro.

Es muy fácil culpar al sistema, a la corrupción de las autoridades, pero esta corrupción es efecto de la misma falta de interés por el bienestar del otro, nos hemos convertido en el país del “me vale madres”, primero son mis intereses, mis necesidades, mis deseos y no importa sobre quién tenga que pasar para conseguir lo que quiero, ya casi no hay gente que tenga conciencia de lo colectivo, de lo que nos puede beneficiar a todos.

Y no es que esté mal tener deseos propios, eso nos impulsa a salir adelante, pero lo que no podemos permitir es que se dañe a terceros. El cambio depende de nosotros mismos, ir modificando las conductas negativas en mi entorno inmediato puede contribuir a mejorar las relaciones humanas y al fortalecer los lazos con mis vecinos por ejemplo, tendré una red de apoyo para enfrentar dificultades o gestionar acciones que beneficien a la comunidad.

Recordemos entonces que no importa lo avanzado de los aparatos que tengo en casa, si mi vehículo es de última generación, no importan los títulos que tenga, nada de esto es realmente importante si no me preocupo por cómo trato a las personas que están a mi alrededor, si no colaboro para construir un entorno mejor, si no aspiro a convertirme en un ciudadano honesto y responsable.