En los últimos días llegó a mi trabajo una solicitud de una Institución pública de Salud – cuyo nombre me reservo en esta ocasión – a fin de que se les brindaran unas conferencias sobre Derechos Humanos y buen trato hacia las mujeres, derivada de una recomendación que les hiciera la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Platiqué con la compañera que iba a cubrir las conferencias en la primera fecha solicitada, para que éstas se orientaran al Derecho a la Salud de las Mujeres y se mencionaran algunos ejemplos de prácticas comunes en los servicios de salud que se considera vulneran los derechos humanos de las mujeres.

Mi compañera presentó datos estadísticos y definió algunos conceptos como el de violencia obstétrica y mencionó algunos ejemplos como comentarios que se hacen a las parturientas, el uso del espéculo (instrumento que se usa para la toma de muestra de papanicolao) de tamaño grande en mujeres lesbianas provocando lastimaduras al momento de tomar las muestras, entre otras.

En ese momento, la Directora del Servicio de Ginecobstetricia del Hospital, se levantó enfurecida y empezó a agredir verbalmente a mi compañera, diciéndole que no era médica, que no sabía cómo eran los procedimientos en el hospital y que se sentía violentada con lo que se estaba diciendo en la conferencia. Aquí cabe aclarar que durante la conferencia no se hizo ningún señalamiento o acusación de manera particular contra ninguna de las personas que estaban en la sala.

Mi compañera dejó hablar a la Doctora y trato de explicar que las estadísticas que ella estaba presentando habían sido emitidas por la propia Secretaría de Salud, que las prácticas que ella estaba explicando eran estructurales, es decir, el sistema de salud en general las ha adoptado e incluso se han establecido como procedimientos estandarizados.

La Doctora durante el resto de la conferencia se pasó gritando “basta, basta” y al finalizar, azoto la puerta del auditorio al salir. Todo esto que les estoy contando no es por hacer chisme, sino más bien para invitarnos a reflexionar sobre algunas cosas:
a) El personal médico y de enfermería de las instituciones públicas trabaja en condiciones extremas, a veces con turnos que los tienen despiertos más de 24 horas y la mayoría de las veces trabajan con pocos recursos (instrumental, medicamentos, mobiliario y equipo en mal estado, etc.). La falta de sueño y el material en mal estado representan un riesgo no solo para las y los pacientes, sino también para el propio personal médico y de enfermería.
b) Si bien es cierto que no todas las personas sabemos de términos médicos, ni de procedimientos médicos, sí tenemos derecho a que se nos explique (de forma clara y entendible) en qué consiste el procedimiento al que nos vamos a someter y si existen otras opciones entre las que podamos decidir.
c) Tanto respeto merece el personal médico y de enfermería como las y los pacientes que llegan a los servicios de salud y NADIE tiene derecho a maltratar a otra persona. Si esta Institución tuvo una queja ante Derechos Humanos y de esta queja se derivó una recomendación, lo mejor que se puede hacer es tratar de saber cuál fue el posible error para no volver a repetirlo. Por otro lado, como pacientes, también tenemos la obligación de respetar al personal médico.
d) No siempre el personal médico tiene malas prácticas, así que no hagamos cacería de brujas. Tenemos todo el derecho de presentar una queja no solo ante la Comisión de Derechos Humanos, también ante la CONAMED siempre y cuando, sea por algo que realmente represente una mala práxis o un abuso médico.
e) El personal médico y de enfermería tiene el derecho y la obligación de mantenerse informado sobre las acciones o prácticas médicas que vulneran los derechos de las y los pacientes.

Aprendamos un poco de empatía, aprendamos a ver más allá, a tratar de entender las consecuencias de nuestros actos y a no ver por “encima del hombro” a quien no tiene la misma instrucción que uno. Todo es cuestión de respeto.