Últimamente escuchamos en los medios de comunicación que se ha desatado una ola de violencia impresionante. Vivimos en un mundo que lamentablemente se encuentra sumergido en la agresión. Muchas personas desaprueban estos actos argumentando que para vivir en paz, se necesita un mundo libre de violencia. Existen quienes están seguros que para inculcar respeto a otras personas “unos buenos chanclazos a tiempo” son más que suficientes, que las mamás de antes sabían educar a personas de bien con unas buenas nalgadas o que ahora los padres son demasiado permisivos con las nuevas tendencias de educación volviendo a sus hijos unos verdaderos tiranos. ¿Queremos evitar violencia a base de violencia? Ojo, aquí no queremos culpar a los padres de familia que sin duda buscan lo que consideran que es mejor para sus hijos.

La violencia es una conducta que se aprende y lo triste es que se convierte en algo tan común que lo vemos como algo normal. Vamos a imaginar que un hombre le da un golpe a una mujer para que no le falte al respeto. ¿Te parece indignante? Ahora, plantearemos la misma situación con diferentes personajes: Un padre le da un golpe a su hijo para que no le falte al respeto. Posiblemente esa situación les parezca normal, e incluso aplaudan esa acción. Ese mismo niño es probable que internalice el maltrato, el cual formará parte de su vida, repitiendo así el ciclo. He escuchado y leído a muchas personas que viven pensando de esa manera, defendiendo su postura de manera radical.

La infancia es una etapa muy importante. En ella los pequeños se forman como seres humanos y la manera en la cual se desarrollen emocionalmente definirá la persona en la que se convertirán en un futuro. Si los niños crecen viviendo en un ambiente donde existe violencia, sea cual sea, la situación en la que estamos inmersos actualmente no terminará jamás.

Por desconocimiento, o simplemente porque no conocen otra manera de educar, hay padres que culpan a sus hijos sobre su comportamiento: “es un irresponsable” “es un flojo”, golpeándolo para cumplir sus obligaciones. Se debe tomar en cuenta que en el comportamiento de un niño influye de manera determinante el ambiente en el cual está creciendo, los factores sociales, los modelos que imita y la manera en la que sus padres reaccionan ante sus actos. La educación se inculca con firmeza, pero no con maltrato físico, sino con firmeza emocional.

Como padres, lograr un equilibrio emocional para nuestros hijos no es una tarea fácil. La congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos es muy importante. Si no quieres una sociedad violenta, no eduques con violencia, ya que el resultado será una persona agresiva o con inseguridades, sin duda con muchas virtudes, las cuales confundirá que son el resultado de “la poderosa chancla”. El cariño y respeto a tu hijo no es sinónimo de permisividad. El tono de voz firme y claro al dar indicaciones, reconocer a nuestros hijos cuando se esfuerzan, no premiar sus actitudes negativas y sobre todo reconocer que como padres también cometemos errores y aprender de ellos, es un camino mediante el cual formaremos a personas de bien en un futuro.

¿Tienes dudas? Consulta con un profesional para que te oriente. ¡Eres un gran padre! Nadie es perfecto, pero lo que nos hace crecer es aprender de nuestros errores y cambiar de manera positiva.